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La crisis de los 40 PDF Imprimir E-mail
Familia - Padres
Escrito por José Luis Mota Garay   
Domingo, 12 de Febrero de 2006 00:00
A la crisis de los 40 se le llama así porque se había observado que el momento más álgido de esta crisis se da entre los 35 y 45 años. Aunque puede considerarse natural, no es tan nítida y alborotada como la crisis de la adolescencia. Además se le llama la crisis de la media vida, porque se considera que a esa edad se ha recorrido la mitad de los años de expectativa de vida. Y también se le llama crisis de madurez, ya que de ella puede salirse con un equilibrio y un sentido del deber que permiten suponer que, a partir de ese momento, se puede alcanzar una vida lograda y fructífera.
 
 
MANIFESTACIONES DE LA CRISIS
 
 Si se quisieran buscar aquellos aspectos psicológicos en los que la crisis de la madurez se manifiesta habría que destacar: la desilusión, el cansancio y el desengaño. Desilusión con uno mismo, porque los proyectos juveniles no se han realizado. Cansancio al ver que las responsabilidades aceptadas –familia, hijos, trabajo profesional, obligaciones sociales...- piden un esfuerzo continuado y se hacen cada vez más pesadas, exigen una atención constante y, para sacarlas adelante, hay que añadir múltiples sacrificios.
 
La crisis se produce cuando algo, aparentemente más atractivo, se coloca en primer plano; y se produce un desinterés e, incluso, se abandonan, aspectos que hasta ese momento han sido “el todo en la vida”: trabajo, cónyuge, familia, situación social… 
 
Algunos, para tratar de superar la crisis, buscan salidas escapistas: se prueban nuevos enfoques profesionales, para conseguir el éxito que no se ha obtenido; se hacen intentos para ganar mucho dinero y así conseguir una situación de hegemonía y elevar su prestigio y su reconocimiento público; en algunos casos se vuelcan en la política para halagar su propia vanidad. Se complican la vida con otra persona distinta de su pareja. Y en sus relaciones sociales se dejan arrastrar por lo novedoso, dejándose absorber, por ejemplo, por el gimnasio o por el golf. Se han engañado y eso les lleva a decidirse por un camino perfectamente equivocado.
 
Cada persona es un mundo, pero alrededor de los 40 años, se pueden plantear nuevos enfoques que llevan a tirar por derroteros que acaban por poner la vida patas arriba...
 
 
MEDICINA Y BIOLOGÍA DE LA CRISIS
 
Algunos médicos y biólogos se han planteado si “la crisis de los 40” podría tener una base fisiológica, hormonal, como ocurre en la adolescencia por el despertar de la sexualidad. Aunque se ha estudiado el tema, los médicos endocrinólogos consideran que no hay en los varones una base para justificar esa falta de tono, ese cansancio vital. Distinto es el caso de las mujeres, en las que, efectivamente en el periodo de la menopausia, se produce una clara disminución de los estrógenos, que explicaría las variaciones del carácter de la mujer en ese periodo de su vida.
 
También se puede pensar que la tensión vital, que ha ido en aumento durante el periodo que va del inicio del trabajo profesional hasta la media vida, haya exigido un  exceso de gasto de neurotransmisores o hayan disminuido las reservas de endorfinas -sustancias químicas responsables de las sensaciones de gratificación y de bienestar- por encima de la capacidad de recuperación del organismo. El mantenimiento de la tensión llevaría a un agotamiento nervioso -semejante a las depresiones por estrés- causante de la aparición de esos aspectos negativos que influyen en la psicología, el talante ético y la vida espiritual de aquellos que están en crisis. De cualquier manera, es interesante que ellos, y las personas que les rodean, estén  atentos para detectar las posibles depresiones que pueden acompañar a la crisis de la madurez.
 
 
“LA MÍSTICA OJALATERA”
 
Conocidos maestros de la vida espiritual preocupados por la atención a las almas, como es el caso de San Josemaría Escrivá, hablan de este momento crítico de la madurez: «Aparece entonces en algunas almas –no en todas, y ni siquiera en la mayoría- lo que he llamado la mística ojalatera: ojalá hubiese sido médico, en lugar de abogado; ojalá no me hubiese casado, ojalá... cualquier cosa distinta a la que de hecho se tiene. Junto a eso, un cambio de carácter, tal vez una excesiva preocupación por la salud, la aparición de enfermedades imaginarias, una cierta pérdida de interés por el trabajo profesional.
 
»En el fondo de todo, y acaso como lo más característico de ese momento, se encuentra una actitud interior de balance: hasta entonces, y humanamente hablando, la vida intelectual y física ha ido creciendo hacia la madurez. De entonces en adelante se iniciará el declive humano, y se tiene la impresión de que ese balance, al que la prudencia de la carne invita, tiene un cierto carácter de definitivo o de irreparable».
 
San Josemaría consideraba que la crisis podía llevar a situaciones angustiosas y que sería necesario ayudar a la persona que le pasaba: rejuveneciendo y vigorizando su piedad, tratándole con especial cariño, dándole un quehacer agradable, lo que exigiría, incluso en algunos casos, una temporada de especial distensión.
 
 
LA CRISIS DE “LOS 40” EN EL MATRIMONIO
 
Para superar la adolescencia, es necesario que el despliegue del yo se complete. El adolescente, si quiere superar su crisis, tiene que saber que parte importante de su maduración consiste en abrirse a los otros; y realmente abrirse, en concreto, al mundo social que le rodea, al de la amistad verdadera y -de una manera muy especial- a la amistad sexuada: la elección de una persona del otro sexo para emprender un proyecto de vida en común, lo que se realiza en el matrimonio.
 
La mayoría de la población elige el matrimonio, como la cosa más natural del mundo, puesto que la complementariedad de los sexos es algo que, si se vive en armonía, es una forma maravillosa de abrirse a los demás y completar la personalidad como mujer o como varón.
 
En un verdadero matrimonio, marido y mujer han de aprender a desarrollar su vida conyugal en todas sus manifestaciones: física, afectiva, sexual, intelectual, social, económica, cultural, espiritual... Este aprendizaje les supone un esfuerzo para tratar de conjugar lo que una y otro es y armonizarse: hay que salir de estar con uno mismo para compartir la vida con otra persona; se trata de establecer el marco en el que se va a desarrollar la vida en común para buscar la identidad del nosotros; también se ha de conseguir el descubrimiento y la vivencia de la sexualidad conyugal.
 
Si en la dinámica del amor conyugal la generosidad no progresa, cada vez se hacen más costosos los sacrificios que exige el hogar. Cuando se comienza a poner el corazón en las cosas ajenas a la familia, como el éxito profesional, una colega joven y simpática o un compañero de trabajo atento y agradable, el grupo de amigas o amigotes... se va apagando la luz de la verdad familiar y se va enfriando el calor de la ternura en el amor. El corazón se va quedando vacío y hay que buscar emociones fuertes, que siempre serán egoístas. Antes acontecía más en el marido; pero ahora algunas mujeres ponen por delante de su familia lo que consideran su propia realización.
 
Por estos cambios, en algunas mujeres aparece a partir de los 40 una componente de dureza que les lleva a adoptar actitudes muy guerreras. Posiblemente en los primeros años de matrimonio a ellos les pareció bien lo de “delegar en la madre” y aceptar su protagonismo, porque ella era la que más y mejor podía hacer: ya que estaba más tiempo en la casa, los niños eran todavía pequeños... Al llegar a esta edad, se ponen chulas: “¡O colaboras, o te vas!”, provocando verdaderas crisis matrimoniales; sin medir los efectos desastrosos que ese planteamiento puede suponer para la familia: para sus hijos, principalmente, y para su marido y ella misma. Parece que prima la eficacia sobre todo lo demás; cuando tendrían que darse cuenta de que variar las actitudes de un marido, si se le ha maleducado durante años, no es tarea fácil.
 
 
CÓMO SUPERAR LA CRISIS
 
La crisis de madurez en la pareja puede superarse: aplicando el sentido común, con una buena dosis de entrega y lealtad, que es fidelidad, al otro cónyuge y a los hijos. Aunque, en algunas ocasiones será oportuno recurrir a una persona ajena al matrimonio para que les ayude.
 

El consejero o el experto -llámese asesor matrimonial, psicólogo clínico, psiquiatra o incluso sacerdote- puede valorar las cosas desde fuera, y hacer caer en la cuenta de que no somos un caso único, que las cosas tienen arreglo, cuáles son los medios que hay que poner para arreglarlas, etc. Contribuirá a erradicar el egoísmo y conseguir de los cónyuges unos niveles de humildad que les permitan perdonar –si es el caso- y resolver las diferencias que existan; igualmente, ayudará a esclarecer los conflictos pequeños que -muchas veces por su frecuencia- son la causa del enfriamiento del amor matrimonial; o los conflictos grandes que están abocados, antes o después, a terminar en ruptura.

Cuando se dan estas situaciones, si el consejero es aceptado por los dos, puede ayudar a que encuentren el sentido que Dios quiere para sus vidas personales y para la vida de su familia.
 
No hay duda de que en el matrimonio se buscan salidas escapistas cuando se empieza a considerar que el amor al cónyuge o a la familia no es verdadero, sin aceptar que –aunque imperfecto- sí es real, o se piensa que el ideal de su noviazgo no se ha visto plasmado en la realidad de su actual matrimonio. No se dan cuenta de que están en el momento de demostrar que la promesa que se hizo el día de su boda, hace años, era auténtica. No deben engañarse creyendo que todavía tienen atractivo para ensayar “nuevas conquistas”.
 
También las cosas pueden llevarse hasta el extremo de concluir que todo lo conseguido en las etapas anteriores no tiene validez y, por tanto, los valores que servían de Norte, las virtudes adquiridas o las convicciones que daban seguridad a la hora de actuar, deben ser sustituidos por nuevos enfoques.
 
Guardini, en “Las etapas de la vida”, concluye que la única salida digna de la crisis de “los 40” estaría en: aceptar las propias limitaciones y el papel concreto que, a cada uno, le ha asignado la vida; saber que las cosas grandes se consiguen atendiendo bien lo ordinario, lo cotidiano; «asumir las obligaciones propias de la amistad, el amor y la profesión elegida; y dar a la vida el sí que procede de la seriedad y de la fidelidad. Con todo ello se consigue lo que solemos llamar carácter; y las personas que lo logran son en las que confían los demás y la sociedad».
 
José Luis Mota Garay
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