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¿Debe el estado proteger a la familia? PDF Imprimir E-mail
Varios - Opinión
Escrito por Miguel Ángel Almela   
Martes, 01 de Noviembre de 2005 00:00

Entre el aluvión de noticias, desmentidos, vaivenes políticos, declaraciones y discursos, pueden pasar inadvertidas las promesas de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, en apoyo a las familias y que van desde libros gratis a bajadas de impuestos. Ante estas propuestas cabe preguntarse qué papel debe desempeñar el Estado en su relación con la familia.

 

Todos los partidos políticos que aspiran a gobernar un país tienen dentro de sus estructuras áreas de acción dedicadas a la familia, partes de su programa se dirigen a captar ese voto que proviene de las familias. Parece cuanto menos curioso que se trate como una parte del electorado o área de acción, cuando es en la familia donde todos nacemos, donde crecemos y a dónde acudimos ante las dificultades de la vida. En principio, políticas dirigidas a proteger y apoyar a la familia deberían ser el eje fundamental de cualquier gobierno digno de tal nombre. Pero es así como se está tratando la cuestión, y así deberemos analizarla.

 

Lo primero que hay que analizar, dado que los recursos del Estado son limitados, es si éste debe ocuparse entre sus prioridades de la familia, o más bien al contrario, como sostienen ciertos sectores de corte marxista, esta es una institución burguesa llamada a desaparecer o por lo menos a encastillarse en el ámbito de lo privado. El número de hijos, ahora que los métodos anticonceptivos son de uso universal, es una decisión puramente personal que no puede comprometer al Estado en su conjunto ante la irresponsabilidad de las personas en el uso del sexo “seguro”. Es el mismo argumento que podemos emplear para la defensa de la religión, que no pasaría en este caso de una decisión del ámbito privado que no debe afectar a la vida social y/o económica. En esta lógica, la familia como institución no existe sino como subsidiaria de un estado todopoderoso que rige nuestras vidas y ante el cual sólo cabe la sumisión. La familia se encargará, de forma excepcional, de todo aquello que el Estado no pueda absorber, como ya ha hecho con atención a los mayores, al discapacitado, etc. Desde un punto de vista técnico, ese Estado está más capacitado que las familias para encargarse de las personas mayores o de los discapacitados: médicos, enfermeras, logopedas, pedagogos, psiquiatras y un largo etcétera de profesionales están en la nómina de ese Estado protector.

 

¿Pero es realmente esa la misión del Estado? ¿Debe suplir a las familias en esa atención? ¿Qué tipo de protección a la familia debe otorgar el Estado? ¿Es correcta la apreciación del párrafo anterior? Pues como diría hoy un castizo, “va a ser que no”. El Estado no tiene como misión encargarse de la vida entera de la sociedad, no puede ni debe suplir a la familia en aquello que ésta pueda hacer, y la apreciación del párrafo anterior es, por tanto, falaz.

 

Es la familia la que debe atender al enfermo, a la persona mayor y esto por una simple razón de humanidad: es en la familia en el único lugar donde uno es querido por sí mismo y en sí mismo, no por lo que tiene. Nunca podrá el Estado suplir esa necesidad de afecto. Nunca podrá el Estado ser mi madre, para que todos entendamos más claramente esa distinción. Por tanto, el Estado debe apoyar a la familia en esas funciones que realiza, simplemente porque al realizarlas, libera al Estado de misiones que en caso de ausencia, debe éste realizar. Y hemos hablado de la parte más “solidaria” de la familia, en la que podíamos incluir la atención a los niños, educación, etc. que normalmente realiza la familia sin costo para el Estado.

 

Pero también está lo que “aporta” al Estado desde un punto de vista económico. Las familias son las que más consumen, las que más impuestos indirectos, por tanto, pagan. Y a mayor número de personas en una familia, mayor es ese coste para la unidad familiar y mayor el ingreso para el Estado. Por tanto, sorprende que algunos Estados pongan énfasis en controlar la natalidad de manera tan brutal, salvo que se esconda una razón meramente ideológica. La familia es, económicamente hablando, el motor de la sociedad y más en una sociedad como la nuestra, que se basa en el consumo de bienes y servicios, que, una vez más, consumen los individuos, los cuales viven, casi siempre, en comunidades unidas por lazos de sangre, lo que denominamos familia. Apoyar a la familia es apoyar a la misma sociedad para que progrese.

 

Un Estado debe, si quiere hacer progresar a la sociedad, apoyar a las familias, favorecer su autonomía, no interferir en las decisiones que ésta pueda tomar, y, siempre, apoyar esas decisiones aunque no estén entre sus preferencias ideológicas.

 

Un ejemplo. Cualquiera de los países en los que los impuestos y la intervención del Estado es menor: sube la recaudación total, la economía en su conjunto mejora, las empresas son más competitivas y se crea más empleo. Y todo ello con la aparente contradicción de bajar los impuestos. Pero claro, eso es partir del principio de que el individuo siempre sabe mejor lo que quiere que otro. Y siempre saben los padres lo que es mejor para los suyos que el Estado. La Libertad, en suma.

 

 

Miguel Ángel Almela
Periodista
Padre de familia numerosa
www.almela.blogspot.com

 

 

 

 

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